Nido.
No vi más que dotes de esfuerzo. De ese hacer despacito. De a poco. Sabiendo que el resultado, no estaba en hoy, ni en pasado, ni en una semana, sino que era el camino para dar vida. Un poco de barro. Un par de ramitas y mucho de cultivar lo que estaba por venir. No supe hasta hace unos días de que especie se trataba. Resultaron, golondrinas. De vuelo intenso. Y siempre, dispuestas a salvar el nido. Para que alguien más pueda romper el cascaron y crecer. Acontecido eso, no dejan ni un segundo, que a su sucesores y esos picos que se asoman en la estructura construida, les falte nada. Anidar, resulto un proceso. Para ellos y también para mi. Caer en la cuenta de que tanta queja, hace ciego y tapa el esmero de tantos años, de poner lo que sea, para ver crecer. ¡Que loco!. Solté. Mamá y Papá, hicieron lo mismo. De Luna a Sol. Y con un proceso semejante e increíble. La naturaleza es sabia, dicen los que saben. O los que tienen ganas de decir.
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Ah, y gracias a mis Golondrinas.
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