Celebración.

Perico, se levantaba a las 5:30 am, como seguramente muchos. Perico, mi viejo. O “El viejo”, como le decían sus compañeros de laburo, llegaba media hora antes, siempre, durante cualquier verano o en el peor de los inviernos. Lo hizo mucho tiempo, 25 años como si fuera poco y en el mismo lugar. Por eso estas mañas, que hoy en día nos componen, supongo. Figurita repetida, dicen. Mi viejo, el viejo para sus compañeros, quejoso por naturaleza y fundamentalista de tener siempre el cuartito ordenado para poder hacer cuando fuese necesario, nos dejo en plena pandemia físicamente, pero con una lección de vida increíble. Ese día, el día que nos dejo nos extrañó muchísimo que sus compañeros de trabajo, los de todos los días, los que en definitiva hacen de la rutina, de lo diario, la vida un poco mejor, no estuvieran para hacer eso que se hace en forma de despedida. No llegaron. La vida tiempo después dio las respuestas que a veces uno busca pero no encuentra. Tiempo, también dicen. Tiempo el que pasó hasta que uno de esos, de los suyos, largo al viento una frase que hoy impulsa estos renglones. “No pudimos ir a despedir al viejo, porque nos dijeron que si la fábrica cerraba nos descontaban el día, que se perdía plata”. Órdenes, son órdenes. Dicen. El lugar al que un tipo como Papá casi le había hecho los cimientos, se convertía en otro lugar totalmente desconocido. Uno entiende, pero… 


ese día y para siempre también entendimos, que hay que celebrar estos días. Entre nosotros. Con los nuestros. Y que a los de arriba, nunca mas.

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