Algo mejor, algo peor.
No es la primera vez que a mi querida cabeza se le plantean regresiones. Tampoco, es la primera, ni va a ser la última que una canción me haga juntar tantas partes de algo que termina siendo un todo. Nuestra cabeza, puede ser siempre nuestra propia guillotina, como dice Gustavo, pero esta vez actuó, como una máquina de platear escenarios que alguna vez vivimos.
Fue en durante 2010, donde tocó vivir la primera lucha interna. De esas crisis totales donde el cuerpo pierde todos los días un poco la versión anterior, esa que el cuerpo mismo va dejando. Me di cuenta que me costaban los cambios. Que me costaba dejar, un lugar (seguro), para ir a otro que seducía ampliamente con el plan de transformación. Siempre escuché decir que el porvenir, ese futuro inmediato a la vuelta de la esquina, es para mejor. Que cambiar es eso, algo mejor y es también aprendizaje. En ese momento el costo era altísimo, pero no podía ser peor. Era eso. Un cambio. Darle otra forma a los días, aunque eso tuviese como requisito, volver a casa retorcido en un bondi escuchando un canción tantas veces fuese necesario. Una canción, en un teléfono que había heredado de Papá y que me entusiasmaba tener porque lucía botones para pasar, repetir o darle play las veces que fueran necesarias y escuchar esa canción que acompañaba el viaje y decía casi como un himno: que siempre puede haber algo peor. O también algo mejor. Frase que años después, fue la experiencia más corporal y tangible de la vida misma. Anoche volvió a sonar, como señal, como energía, después de haber observado, otra vez lo que parece un cambio nuevo. Mamá y Papá me enseñaron muchas cosas antes de irse, entre ellas una que tiene literalidad absoluta: que al cielo no se llega nunca de a dos.
Eso también dice la canción.
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