Orilla.
Meterse en el mar ese día a nadar requería eso, dejar que se vaya el miedo. Tomar los recaudos necesarios y quedarse entre esas dos escolleras con sus piedras tan acomodadas como un yenga, que ahí adentro simulaban un abrazo. De alguna manera sabemos que volver a hacer pie nos va a dar la tranquilidad que esa sensación de ahogo nos saco. Pero también, nos va a situar ante tantas certezas que no vamos a volver a ser los mismos. El cuerpo sabe y sin dudas, es nuestra mejor back up de historias y experiencias. De experiencias y memorias. Para nunca olvidarnos de que estamos hechos. No hace tanto, hace algunas horas y con el sol saliendo me acorde de esa sensación. La volvería a repetir una y mil veces. Las que sean necesarias. Ahora ya sin miedo. Creo que quedarse flotando con esas piedras guiñándonos el ojo en un abrazo, nos seria una opción. A mar abierto y a cierta distancia de donde los pies no toquen el suelo. A lo que deberíamos negar(nos) es a reincidir en eso de pensar que ha...