Rincones

 Imperceptibles, a veces, al ojo de cualquiera de nosotros. O tan grandes, que llenan de energia a quien se anime a ser parte. Oscuros algunos, otros llenos de telas arañas, por que pocos intentan visitarlos. O brillantes, tanto, que encandilan. Todos tenemos nuestros rincones. En casa. En el patio. En el laburo. En la calle. En el cuerpo. En otra persona. O hasta en nosotros mismos. Vacíos o llenos. Pero están ahí, siempre, para quien quiera habitarlos. Un rincón, desde mis ojos, ese espacio o lugarcito al que uno dedica tiempo. Lo pone lindo, lo ordena y lo reviste cuando lo necesita. Y cuando no, lo deja, con la luz tenue y silbando bajito, pero sabiendo que en algún momento va a volver o se va a animar a vivir(lo). Lo pintamos de colores, le ponemos la música que tenemos ganas y lo hacemos bailar a nuestro ritmo. Y como si eso fuera poco, nos encontramos en él. Nuestros propios rincones, siempre nos invitan a intervenirlos. Desde el amor, desde el juego, desde la pasión o desde las mismas ganas de hacerlo brillar. Siempre hay un tiempito, para agarrar la escoba y limpiar. Para abrir la ventana y que entre la luz. Para colgarle los foquitos de colores, que se ponen en Febrero. En carnaval. En estos tiempos, donde la vorágine de los días inciertos nos pisa los talones, apretar el freno y dejar todo en punto muerto, puede ser el inicio de empezar a querer y cuidar: NUESTROS RINCONES. 

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